"Tranquilo, yo cabeza dura". El japonés Toru Sato abandonaba el pasado viernes el Pabellón Siglo XXI con el humor intacto. Le dolía más la derrota ante Inter Movistar que el fuerte golpe que le llevaba camino al hospital, donde terminó pasando la noche. Después de las pruebas médicas pertinentes, el japonés regresaba el sábado a casa con la estricta orden de guardar reposo el mayor tiempo posible.
Quiso
entrenarse el martes. No lo hizo atendiendo al consejo del doctor Honorio Martínez
y del fisioterapeuta Juan Nápoles, cabezas y manos que guardan la parte vital
de un equipo grande dentro y fuera de la pista. El miércoles ya no pudo más. Toru
salió a la pista del Siglo XXI y dijo, sin palabras, que el camino de Santiago también
era para él.
Todavía
entonces hay quien podía percibir el estruendoso golpe que se pegó de manera
fortuita con el banquillo durante la primera parte ante Inter Movistar. Un balón
dividido, un rival que amaga, una velocidad incorrecta y un porrazo descomunal.
En ese momento, pensar que Toru iba a poder continuar jugando era una locura.
Lo sensato era pensar que, por lo menos, se había roto la crisma. No lo hizo.
"Hoy el
japonés no está bien, una lástima en su estreno en casa", se lamentaba en
la segunda parte, en el palco VIP, una autoridad dentro del fútbol sala
aragonés. No le faltaba razón, pero sí información: Toru prácticamente no se
acuerda de nada de lo que sucedió en el lapso de tiempo entre el golpe y el
hospital. Jugó sin jugar, estuvo sin estar.
En el
vestuario ya se tiene la certeza de la pasta de la que está hecho este japonés.
Ha hecho falta poco para que compañeros y cuerpo técnico estén encantados de
esperar lo mejor de él. Intuyen que tiene fútbol, y también otra virtud igual
de importante: amor propio. La traducción del japonés no es real, pero de
momento les sirve. Quizás Toru Sato signifique cabeza dura.
Foto: umcacon.com
Publicado por Javier Marcos


























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